El acuerdo no empezó con firmas ni apretón de manos. Empezó con un suspiro.
Fue dos días después del diagnóstico brutal. Elías llegó al Limonetto a la misma hora de siempre, bien vestido con uno de sus traje como siempre, pero con una expresión diferente. Menos segura. Más… abierta.
Maya lo vio entrar y supo que algo había cambiado.
Se acercó a la mesa 12 con su sonrisa de combate.
—Buenas tardes, paciente favorito —saludó—. ¿Hoy qué tenemos? ¿Cita 636? ¿637? ¿Un maratón?
—Una sola —respondió él—. Y… una propuesta.
Ella arqueó una ceja.
—Me interesa más la propuesta que la cita. El café luego.
Se sentó. Él abrió su maletín, pero no sacó la libreta negra, sino una carpeta con hojas impresas.
—Te escucho —dijo ella, cruzando los brazos.
—He estado pensando en lo que dijiste —empezó él, bajando un poco la voz—. Y admito que… puede que tengas razón. En algunas cosas.
—Corrección: Tengo razón en todo —lo interrumpió ella con una sonrisa.
—No exageres —murmuró él, pero se le escapó una medi