El acuerdo no empezó con firmas ni apretón de manos. Empezó con un suspiro.
Fue dos días después del diagnóstico brutal. Elías llegó al Limonetto a la misma hora de siempre, bien vestido con uno de sus traje como siempre, pero con una expresión diferente. Menos segura. Más… abierta.
Maya lo vio entrar y supo que algo había cambiado.
Se acercó a la mesa 12 con su sonrisa de combate.
—Buenas tardes, paciente favorito —saludó—. ¿Hoy qué tenemos? ¿Cita 636? ¿637? ¿Un maratón?
—Una sola —respondió é