El informal acuerdo no le duró mucho al ingeniero mental de Elías.
Tres días después, apareció en el Limonetto con cara de haber preparado un plan de evacuación emocional.
Maya estaba en la barra colocando etiquetas a los frascos de azúcar cuando lo vio entrar con una carpeta azul bajo el brazo.
—Uy, hoy vienes muy serio, como si fueras a presentar una tesis. ¿Dónde están las diapositivas? —se burló.
Él negó.
—No hay diapositivas.
—Entonces no me interesa —siguió bromeando.
Sonrió ampliamente, pero él no. Se notaba tenso.
—Maya, ¿podemos hablar un momento? —preguntó—. Sin bromas de por medio —puntualizó.
Ella lo miró con curiosidad.
Lo llevó a una mesa al fondo, lejos del ruido. No era la 12. Ya era un progreso.
—A ver —dijo, sentándose—. ¿Qué pasó? ¿Te demandó alguien? ¿Te confundiste de novia?
Él puso la carpeta sobre la mesa y la deslizó hacia ella.
—Lo estuve pensando —empezó—, y si vamos a seguir con esto… quiero hacerlo bien.
Ella abrió la carpeta.
Adentro había varias hojas imp