Maya cerró la caja registradora con más fuerza de la necesaria.
El sonido seco del cajón deslizándose fue lo único que rompió el silencio de la cafetería, ya casi vacía. Faltaban quince minutos para cerrar y, por primera vez en meses, deseó que Elías no regresara esa tarde, como lo venía haciendo después de que tenía una cita para su retroalimentación.
Pero regresó.
Como siempre.
Se sentó en la mesa ocho, aunque esta vez no llevaba computadora. Solo su teléfono. Y una sonrisa que no intentaba d