Cruzamos las puertas del hospital a toda prisa, todo se desvaneció en un borrón total. Las contracciones se acercaban cada vez más, y estoy casi segura de que el tiempo ya no existía. Solo dolor, respiración y Melor a mi lado. Su mano no se separaba de mi hombro, siempre ahí, apoyándome, mientras los médicos hacían su trabajo.
Decidimos mantener el sexo del bebé como una sorpresa, y aunque sé que amaré a este pequeño frijol pase lo que pase, la curiosidad me está matando.
Ni siquiera recuerdo haber entrado a la sala de partos o haberme puesto una bata, pero lo siguiente que recuerdo es que oigo al médico decir: —Empuja—.
—¡Es un niño!— anuncia la enfermera, colocándolo sobre mi pecho.
Un niño. Mi hermoso y perfecto bebé.
Lo miro, a este pequeño ser humano que creamos juntos, y me enamoro tan profundamente que nunca antes había sentido algo así. Sus deditos se enroscan en los míos, y estoy hecha polvo, completamente destrozada, de la mejor manera posible.
—Hola, pequeñín —susurro, co