—Saqué tu dirección de tu expediente —continúa, recorriendo la sala con la mirada—. Espero que no te moleste. Pensé que podrías necesitar una mano.
Sonríe con autosuficiencia.
—Tú dirás por dónde empezamos.
El silencio después siempre es el más peligroso.
No porque esté vacío, sino porque lo llena todo: la respiración que tarda en normalizarse, el latido que aún no entiende que ya no está en guerra, la certeza incómoda de que algo ha cambiado aunque nadie lo diga en voz alta.
Tracy permanece in