CAPÍTULO 22

—Saqué tu dirección de tu expediente —continúa, recorriendo la sala con la mirada—. Espero que no te moleste. Pensé que podrías necesitar una mano.

Sonríe con autosuficiencia.

—Tú dirás por dónde empezamos.

El silencio después siempre es el más peligroso.

No porque esté vacío, sino porque lo llena todo: la respiración que tarda en normalizarse, el latido que aún no entiende que ya no está en guerra, la certeza incómoda de que algo ha cambiado aunque nadie lo diga en voz alta.

Tracy permanece inmóvil unos segundos, observando el techo de su antiguo dormitorio. Las sombras familiares parecen distintas ahora, como si la habitación hubiese sido testigo de una verdad que ella todavía no se atreve a nombrar. El aire conserva el rastro de una intimidad que no encaja del todo con esa vida pequeña, ordenada y precaria que ha protegido durante años.

Anatoly se mueve a su lado. No habla. Nunca lo hace cuando piensa demasiado.

Ese detalle —el silencio deliberado— es lo que la pone alerta.

Se inco
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