CAPÍTULO 21

Tracy

Me detengo un segundo antes de llegar a mi coche. Las llaves tintinean en mi mano, un sonido demasiado fuerte en el silencio de la mañana. El aire huele a polvo caliente y asfalto viejo.

Nada se mueve.

Aun así, la sensación persiste. Esa presión incómoda entre los omóplatos, como si una mirada invisible se hubiera posado allí y se negara a apartarse.

Respiro hondo. Exhalo despacio.

No empieces, Tracy. No todo es una amenaza.

Abro la puerta, dejo la mochila en el asiento del copiloto y me siento al volante sin arrancar. El interior del coche todavía conserva el olor a detergente barato y café recalentado. Normalidad. Rutina. Seguridad.

Eso debería bastar.

Pero no lo es.

Pienso en Anatoly. En la forma en que me sostuvo mientras dormía, como si el mundo pudiera romperse antes de que él lo permitiera. En su silencio cargado de cosas que no dice. En las palabras que escuché sin querer y que ahora no consigo desoír.

*Heredero.*

La palabra vuelve a mí con una nitidez cruel.

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