CAPÍTULO 23

A su lado, dos hombres más. Grandes. Silenciosos. Cuellos como troncos. Claramente armados.

Encantador.

Enderezo la espalda. El nerviosismo se repliega, sustituido por una rabia limpia y afilada.

La sonrisa de Iván se ensancha.

—Veo que estoy interrumpiendo la luna de miel.

Lo miro de frente.

—¿Qué es esto, Iván? —pregunta Anatoly, con una frialdad que hiela la habitación.

Iván se ríe entre dientes.

Y entonces lo entiendo: estamos en peligro.

La mano de Anatoly se cierra sobre la mía. No es fuerza. Es advertencia.

No hables.

No reacciones.

No le des lo que quiere.

Respiro hondo.

No.

Más tarde, en la camioneta, la tensión apenas cede. Me muevo en su regazo, buscando distraerlo, arrancarle una sonrisa. Sus manos se aferran a mis caderas con una firmeza que no deja lugar a dudas.

—Tracy —gruñe con la voz tensa—. Si sigues así, no llegaremos arriba.

Me río suavemente.

—Qué manera de morir.

La camioneta se detiene. La voz del conductor suena por el sistema.

—Hemos llegado, señor Ovec
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