Lionel regresó al despacho de Maelik como si nada, silbando bajito y dejándose caer en uno de los sillones frente al escritorio.
—Así que ya conocí a mi cuñado… —soltó de golpe, con esa sonrisa de zorro que lo caracterizaba.
Maelik levantó la vista de los papeles, apretando la mandíbula.
—No le digas así. —le advirtió con voz seca.
—¿Por qué no? —Lionel se encogió de hombros, como quien habla del clima—. Es simpático, inteligente, tiene carácter… y los pillé en una posición medio embarazosa. Ad