Esa mañana empieza a llover, cuando Raven cierra la puerta del auto. El cuero del asiento se siente frío bajo su piel adolorida, y el silencio que se instaló entre ellos era tan espeso que podía escucharse el leve zumbido del motor encendiéndose. Maelik mira de reojo y ve lo nervioso y sonrrojado que está.
Maelik, al volante, no dijo nada al principio. Sus manos se aferraban al volante con una calma forzada, como si temiera que cualquier palabra rompiera el frágil equilibrio que habían logrado c