Freya había dado un paso hacia atrás después de su negativa. Somali, sentada con esfuerzo sobre los cojines mullidos de su cama, la miraba con ojos húmedos y decepcionados, casi suplicantes. El silencio entre ambas se había tornado incómodo, interrumpido solo por los crujidos suaves de la madera vieja y el sonido del viento acariciando las ventanas.
—Entiendo tu temor, Freya —dijo Somali—. Pero si yo muero aquí… y él también muere… entonces… ¿de qué habrá servido esta fidelidad?
Freya abrió los