La luz del amanecer se filtraba por las cortinas entreabertas cuando Alejandro despertó. Su mano se extendió instintivamente hacia el otro lado de la cama, buscando el calor de Mariana, pero solo encontró sábanas frías. Se incorporó de golpe, con el corazón martilleando contra su pecho. La habitación estaba vacía, sin rastro de ella.
Se fue.
El pensamiento lo golpeó como un puñetazo en el estómago. Después de todo lo ocurrido la noche anterior, después de haberse mostrado vulnerable, ella había