El regreso a la ciudad trajo consigo el peso de la realidad. El aire de Madrid parecía más denso que el de la costa, cargado de expectativas y obligaciones. La burbuja que habían creado en aquella casa frente al mar se había roto con el primer semáforo en rojo que encontraron al entrar en la capital.
Mariana observaba por la ventanilla del coche mientras Alejandro conducía en silencio. Sus manos, firmes sobre el volante, eran las mismas que la habían acariciado con devoción la noche anterior. P