Un bullicio infernal resonaba en la entrada del hospital. Decenas de mujeres, jóvenes en su mayoría, se aglomeraban, gritando insultos mientras empuñaban huevos, harina y cuanto objeto podían lanzar al aire. Sus ojos, cargados de rabia, estaban clavados en una única figura: Anna.
—¡Descarada! ¡Rompe hogares! —vociferaba una de ellas, alzando un huevo en dirección a Anna, lista para lanzarlo.
Anna, perpleja, apenas comprendía lo que ocurría, mientras los guardias intentaban mantener el caos bajo