—Déjalo en mis manos —respondió Sergei.
Mikhail, ardiendo de ira, se dirigió al consultorio de María como un vendaval. Al abrir la puerta de golpe, la encontró riendo sola, saboreando su venganza.
—¡Quiero una explicación ahora! —rugió Mikhail, sus ojos llenos de furia.
María, sorprendida por la brusquedad, se levantó de su asiento.
—¿Qué demonios te pasa, Mikhail? —se defendió—. ¡No sé de qué hablas!
—¡No me veas la cara de tonto! —gritó él, acercándose—. Sé perfectamente que tú estás detrás