Mikhail avanzaba hacia el área de lavado quirúrgico con una determinación férrea, pero al llegar, detuvo abruptamente su silla de ruedas. La furia se encendió en su pecho al escuchar los murmullos despectivos de los doctores presentes y sus manos se crisparon en los reposabrazos de la silla.
—¿No es ridículo que hayan reducido la mesa de operación? Otro cirujano no podrá utilizarla— dijo uno de los doctores con un sarcasmo mordaz.
—Ridículo es tener que agacharnos a esa altura. Aquí el paralíti