Minutos antes:
María estaba en el estacionamiento subterráneo del hospital, dentro de su coche, esperando con una paciencia que era tan solo una máscara para la rabia que hervía en su interior.
Sus dedos se aferraban al volante, mientras mantenía una mirada fija en el frente, como si su concentración pudiera materializar el éxito de su plan.
Pero el vibrar de su teléfono la sacó de su ensimismamiento, y, al ver quién llamaba, una sonrisa torcida apareció en sus labios.
—¿Qué sucede?
—María,