Dentro del club, los murmullos no tardaron en propagarse como el fuego en un campo seco. Alexey, conocido por su carácter venenoso, no disimulaba su desprecio.
—Ya no conocen la vergüenza... —gritaba por encima de la música con su tono altanero y mezquino.
Pero Mikhail, imperturbable, pidió cócteles para todos, y para Anna, una champaña especial, de las más costosas que se podían encontrar. Las bocas se abrieron de par en par, no solo por la extravagancia del gesto, sino por lo que vendría a co