Seis meses.
Ese era el tiempo que había pasado desde que las cenizas de nuestro contrato original se enfriaron en la chimenea del penthouse. Seis meses desde que dejé de ser una peón en el tablero de ajedrez de Wall Street para convertirme en la puta reina.
Miré mi reflejo en el enorme espejo de cuerpo entero del vestidor. El vestido de Tom Ford que había elegido no era un simple atuendo; era una declaración de guerra. Era de un rojo carmesí profundo, el mismo color de la sangre que ambos había