Mundo ficciónIniciar sesiónLa respiración agitada de Isabella al otro lado de la línea era el único sonido que me anclaba a la realidad mientras mi cerebro procesaba la información.
Documentos encriptados de Richard Navarro.
Si lo que decía era cierto, tener pruebas de que el primo de Caleb estaba conspirando con Mateo no solo limpiaría cualquier duda de la junta directiva; le daría a Caleb el poder absoluto para desterrar a Richard del holding para siempre. Era la bala de plata que necesitábamos.
Pero mi instinto, afilado por años de lidiar con crisis y traiciones, me gritaba que retrocediera.
—¿Por qué me estás llamando a mí, Isabella? —pregunté, mi tono destilando puro escepticismo—. Llama a la policía. O entrégale eso a la prensa. No me uses de salvavidas cuando tú misma me arrojaste por la borda.
—¡Porque tú eres la única que tiene el respaldo de Navarro! —sollozó ella, su voz aguda y desesperada—. La policía no me va a proteger de Mateo. Él tiene contactos, tiene dinero de los inversores... y si sabe que tengo esto, me va a desaparecer. Alex, te lo ruego. Te daré el USB. Solo necesito que me des efectivo para tomar un autobús fuera del estado y no volver nunca.
Miré a Leo, que seguía de pie junto a mi escritorio, expectante.
Si llamaba a Caleb ahora mismo, él enviaría a un equipo de seguridad. Isabella se asustaría al ver hombres armados, huiría, y perderíamos las pruebas. Peor aún, si Caleb se enteraba de que ella me había contactado, probablemente la aplastaría sin hacer preguntas, perdiendo la oportunidad de hundir a su primo.
Tenía que conseguir esa unidad de memoria yo misma.
—Hay una cafetería pública a tres calles de mi nueva oficina, en la Avenida Bedford. Está llena de gente a esta hora —dije, bajando la voz—. Tienes quince minutos. Entras, dejas el USB en la mesa, te doy el efectivo y no vuelves a pronunciar mi nombre en tu vida. ¿Entendido?
—Gracias. Gracias, Alex. Llego enseguida.
Colgué y arrojé el teléfono desechable a la papelera.
—Leo, ve al cajero de la esquina y saca mil dólares en efectivo de la cuenta de gastos menores. Rápido —ordené, tomando mi abrigo de la silla.
Veinte minutos después, estaba sentada en una mesa al fondo de la concurrida cafetería. El lugar olía a granos tostados y masa frita, y el ruido de las conversaciones ajenas me daba una falsa sensación de seguridad.
La campana de la puerta tintineó. Isabella entró.
Casi no la reconozco. La supermodelo impecable y arrogante que se había pavoneado en el Ritz hace apenas unas noches había desaparecido. Llevaba una gabardina barata, el cabello sucio oculto bajo una gorra de béisbol y gafas de sol oscuras. Miraba a todas partes con paranoia clínica.
Se acercó a mi mesa casi corriendo y se sentó de golpe. Sin decir una palabra, deslizó un pequeño dispositivo USB plateado sobre la mesa de madera.
—Aquí está —susurró, con las manos temblando visiblemente. Se quitó las gafas un segundo. Tenía un hematoma amoratado en el pómulo izquierdo—. Todo está ahí. Los correos de Richard, las transferencias, todo.
Miré el USB, luego su rostro magullado. Un nudo de lástima intentó formarse en mi garganta, pero lo asfixié de inmediato. Ella había elegido su bando.
Deslicé un sobre con los mil dólares por la mesa.
—Toma el primer autobús que salga de Port Authority. Y si esto es una mentira, Isabella, te aseguro que Mateo será el menor de tus problemas.
Ella agarró el sobre, asintió frenéticamente y salió de la cafetería con la misma urgencia con la que había entrado.
Tomé el USB, lo guardé en el bolsillo interior de mi abrigo y salí a la calle, sintiendo que el corazón me latía con fuerza. Lo tenía. Tenía la cabeza de Richard Navarro en mi bolsillo. Caleb se iba a poner furioso por haberme arriesgado, pero cuando viera los archivos, entendería que...
Un Mercedes negro con los cristales tintados se detuvo bruscamente frente a mí, subiéndose a medias a la acera.
Instintivamente retrocedí un paso. La puerta trasera se abrió antes de que el vehículo se detuviera por completo.
No era mi chofer.
Era Caleb.
Llevaba un abrigo negro sobre su traje, y la expresión de su rostro me heló la sangre al instante. No era enojo. Era una furia fría, absoluta y letal que nunca le había visto, ni siquiera cuando destrozamos a Mateo.
Salió del auto en un movimiento fluido, agarró mi brazo con una fuerza que no admitía resistencia y me empujó hacia el interior del vehículo.
—¡Caleb, ¿qué demonios...?! —protesté, tropezando con el asiento de cuero mientras él entraba detrás de mí y cerraba la puerta de un portazo.
—Conduce —le ordenó al chofer, su voz sonando como grava aplastada. El auto arrancó de inmediato.
Caleb se giró hacia mí. El espacio en el asiento trasero parecía haber encogido a la mitad. Su pecho subía y bajaba rítmicamente, y sus ojos oscuros me taladraban con una intensidad que me quitó el oxígeno.
—Te puse un equipo de seguridad para protegerte de los maníacos que acabas de arruinar, Alexandra —dijo, cada palabra pronunciada con una precisión cortante—. Y lo primero que haces es escabullirte por la puerta trasera de tu edificio, sola, para reunirte con la maldita amante de Mateo Vance en una cafetería de Brooklyn.
Tragué saliva, sintiéndome repentinamente acorralada.
—No me escabullí, estaba a plena luz del día. Y tenía que hacerlo, Caleb. Ella tenía algo que...
—¡Me importa una m****a lo que tenía! —el grito de Caleb hizo vibrar los cristales del auto.
Me quedé en silencio, impactada. Era la primera vez que perdía el control de su volumen.
Caleb se pasó ambas manos por el cabello, la frustración emanando de cada poro de su cuerpo. Se acercó a mí, su mandíbula tensa hasta el límite.
—Pudo ser una trampa. Pudo estar armada. Mateo pudo haber estado esperando en la puerta para meterte en el maletero de un coche. ¿Tienes idea de lo que sentí cuando mi jefe de seguridad me llamó para decirme que estabas sentada frente a la mujer que te traicionó, sin escolta?
—Estoy bien, Navarro. No soy una niña indefensa —repliqué, mi propio orgullo encendiéndose para contrarrestar su furia—. Y el riesgo valió la pena. Tengo pruebas que van a destruir a Richard ante la junta directiva. Correos, transferencias, todo.
Saqué el USB de mi bolsillo y se lo puse frente al pecho.
Caleb miró el dispositivo metálico durante un segundo largo. Luego, con un movimiento tan rápido que no pude anticiparlo, me arrebató el USB de la mano y lo arrojó al suelo del auto.
—Tú eres mi única jodida prioridad, no mi asiento en la junta —siseó, agarrando mis muñecas y fijándolas contra mis muslos, obligándome a mirarlo—. No te saqué de la ruina para que juegues al espionaje en las calles. Eres mi esposa. No vas a volver a arriesgarte así a mis espaldas. ¿Me oyes?
—¡No me hables como si fuera de tu propiedad! —estallé, la tensión acumulada de las últimas veinticuatro horas rompiendo mis propias barreras—. ¡Fui yo quien consiguió la ventaja! Lo hice por nosotros, por el trato.
—Al infierno el trato —gruñó Caleb. Acortó el último centímetro de espacio, su cuerpo grande y caliente inmovilizándome por completo contra el cuero del asiento. Su rostro quedó a milímetros del mío, su aliento chocando contra mis labios—. Estoy harto de que uses ese maldito contrato como escudo. Sabes perfectamente por qué perdí la cabeza cuando supe que estabas sola en esa calle, Alexandra. Y no tiene nada que ver con Navarro Holdings.
Sus ojos bajaron a mi boca, oscuros, febriles, desprovistos de cualquier rastro de paciencia.
Caleb no dijo nada más. Simplemente soltó un gruñido bajo y estrelló su boca contra la mía con violencia contenida.
El beso fue pura dominación. No hubo dulzura, solo hambre cruda y furia convertida en deseo. Su lengua invadió mi boca, reclamándome, castigándome por haberlo desobedecido. Gemí contra sus labios cuando me empujó con más fuerza contra el asiento de cuero, su cuerpo pesado cubriéndome por completo. Una de sus manos grandes sujetó mis muñecas por encima de mi cabeza mientras la otra se hundía en mi cabello, tirando de él para inclinar mi rostro exactamente como quería.
—Eres mía, joder —gruñó contra mi boca, mordiendo mi labio inferior con fuerza suficiente para hacerme jadear—. Mía para proteger. Mía para castigar. Mía para follar cuando yo decida.
Su boca bajó por mi cuello, chupando y mordiendo la piel sensible con posesión salvaje, dejando marcas rojas que sabía que no podría ocultar fácilmente. Sentí su erección, dura como acero, presionando insistentemente contra mi muslo. Caleb movió las caderas, frotándose contra mí con rudeza, dejando claro lo excitado y enfurecido que estaba.
—Caleb… —suspiré, medio protesta, medio súplica, mientras mi cuerpo traicionero se arqueaba contra él.
Liberó mis muñecas solo para bajar ambas manos por mis costados, subiendo mi falda con impaciencia hasta la cintura. Sus dedos se clavaron en la carne suave de mis muslos, abriéndolos para encajarse mejor entre ellos. La fricción de su polla cubierta aún por el pantalón contra mi ropa interior empapada me arrancó un gemido alto.
—Siente lo que me provocas —masculló contra mi oído, mordiendo el lóbulo mientras seguía frotándose con movimientos lentos y brutales—. Cada vez que te pones en peligro, quiero encerrarte y follarte hasta que entiendas que no puedes vivir sin mí.
Su mano se coló entre nuestros cuerpos. Apartó la tela de mis bragas y deslizó dos dedos gruesos por mi coño resbaladizo, sin penetrarme, solo torturándome con caricias firmes y lentas sobre mi clítoris hinchado. Mi cabeza cayó hacia atrás contra el asiento, jadeando, perdida en la mezcla de rabia y placer.
Estaba a punto de rogarle cuando el auto se detuvo. Habíamos llegado al penthouse.
Caleb levantó la cabeza, respirando como un animal. Sus ojos estaban completamente negros. Me miró un segundo más, con los labios hinchados y el cabello revuelto, y luego soltó una maldición entre dientes.
—No hemos terminado —prometió con voz ronca y peligrosa.
Me bajó la falda con un movimiento brusco, pero no me soltó. Agarró mi mano con fuerza y me sacó del auto casi a rastras, directo hacia el ascensor privado. Su agarre era férreo, su cuerpo irradiaba tensión sexual y furia contenida.
Apenas se cerraron las puertas del ascensor, me empujó contra la pared espejada y volvió a besarme con la misma hambre salvaje, como si no pudiera pasar ni diez segundos sin tocarme.
Casi una hora después, el silencio en el estudio del penthouse era denso, interrumpido solo por el sonido de la lluvia golpeando los ventanales y la respiración de ambos intentando volver a la normalidad.
Estaba sentada en el sofá de cuero oscuro, ajustándome la blusa con dedos aún temblorosos. La intensidad de lo que acababa de pasar entre nosotros me había dejado con la mente nublada, adicta a la gravedad de su presencia.
Caleb estaba de pie junto a su inmenso escritorio de obsidiana. Se había quitado el saco y la corbata. Su cabello estaba revuelto por donde mis manos se habían aferrado a él minutos atrás. A pesar de la evidente tensión sexual que aún flotaba en el aire, su mente de CEO había vuelto a tomar el control.
Se inclinó y recogió el USB plateado, que él mismo había metido en su bolsillo tras recogerlo del suelo del auto.
—Veamos por qué casi haces que me dé un infarto esta tarde, fiera —murmuró Caleb, su voz aún ronca.
En lugar de conectarlo a su computadora principal, caminó hacia un maletín de seguridad en la esquina de la habitación. Sacó un ordenador portátil diferente, uno robusto y sin conexión a la red local del edificio. Una máquina "sandbox" de su equipo de seguridad, diseñada para aislar cualquier amenaza.
Caleb encendió el portátil, esperó a que el sistema operativo se cargara y luego insertó el USB.
Me levanté del sofá y me acerqué a su lado, la anticipación borrando el cansancio.
—Si los correos de Richard están ahí, podremos convocar una asamblea extraordinaria mañana mismo...Mis palabras murieron en mi garganta.
La pantalla del portátil no mostró ninguna carpeta de archivos. No hubo ningún mensaje de advertencia del antivirus.
Simplemente, se volvió negra.
Un segundo después, líneas de código rojo comenzaron a caer por la pantalla a una velocidad vertiginosa. Una pequeña ventana gris apareció en el centro del monitor. No era un correo. Era un programa de ejecución autónoma.
Caleb se tensó de golpe, sus dedos volando sobre el teclado en un intento de abortar el proceso, pero el ordenador estaba bloqueado.
—¿Qué es eso? —pregunté, el pánico instalándose en mi estómago.
—Es un troyano —respondió Caleb, su voz perdiendo toda emoción, transformándose en hielo puro—. Un software de extracción militar. Está intentando buscar una red WiFi. Está buscando la red principal de Navarro Holdings.
—Pero... Isabella dijo que eran documentos. Dijo que Mateo la iba a matar...
La mirada de Caleb se clavó en la pantalla mientras las líneas de código rojo se multiplicaban.
—No había documentos, Alex. Isabella no estaba huyendo. Te usó de mula.Caleb agarró el portátil, lo cerró de golpe con una violencia contenida y lo arrojó al suelo. Levantó el tacón de su zapato de vestir y pisó el dispositivo con toda su fuerza, destrozando la pantalla y el chasis interno hasta asegurarse de que la placa base quedara inservible.
El ruido del plástico y los circuitos crujiendo resonó en el estudio como un disparo.
Me llevé una mano a la boca, el horror golpeándome de lleno.
—Mateo... Mateo sabía que si enviaba el USB directamente, tu equipo de seguridad lo destruiría. Sabía que yo no dejaría que tus hombres la interceptaran porque quería destruir a Richard yo misma.Caleb levantó la vista de los restos del ordenador destruido. Sus ojos se encontraron con los míos. El peligro real acababa de cruzar la puerta de nuestra casa, y yo le había abierto la cerradura de par en par.
—Mateo no quiere limpiar su imagen, Alexandra —dijo Caleb, la gravedad de la situación oscureciendo su voz—. Quería infiltrar mi red principal desde adentro del penthouse para vaciar las cuentas del holding y robar la base de datos de mis inversores internacionales.







