Mundo ficciónIniciar sesiónEl crujido del chasis del ordenador bajo el zapato de Caleb resonó en el estudio como el eco de un disparo.
Miré los restos del portátil destruido, sintiendo que un abismo se abría bajo mis pies. El oxígeno del penthouse parecía haberse agotado. Mateo no solo había intentado hundir mi reputación; había intentado usarme como un caballo de Troya para desangrar el holding financiero de mi esposo.
—Casi lo logra... —susurré, la culpa apretándome la garganta.
Caleb levantó la vista de los restos plásticos. Su rostro era una máscara impenetrable de hielo y sombras. Dio un paso hacia mí, pero antes de que pudiera decir una palabra, el teléfono de su escritorio comenzó a vibrar.
No era su línea personal. Era la línea de emergencias corporativas.
Caleb me sostuvo la mirada un segundo antes de caminar hacia el escritorio y activar el altavoz.
—Habla.
—Buenas noches, Navarro —la voz de Mateo Vance inundó la oficina, arrastrando las palabras con una arrogancia que me revolvió el estómago. Se escuchaba ruido de fondo, quizás un bar privado—. Asumo que para este momento tu equipo de seguridad ya debió haber intentado abrir el regalo que te envié a través de tu encantadora esposa.
Caleb apoyó ambas manos sobre el cristal oscuro del escritorio, inclinándose hacia el aparato.
—Acabas de cometer un delito federal de espionaje cibernético, Vance. Mis abogados van a despellejarte vivo.
—Ah, siempre tan dramático, Caleb —intervino una segunda voz. Era más grave y áspera.
Se me heló la sangre. Vargas. El inversor misógino al que yo había amenazado en mi propia agencia días atrás. Se habían aliado.
—El programa que Isabella le entregó a Alexandra no extrajo el dinero, es cierto —continuó Vargas, con tono de suficiencia—. Pero sí alcanzó a hacer ping en los servidores de tu cortafuegos principal. Tenemos los registros del intento de brecha. Y tenemos la capacidad de enviar un comunicado de prensa anónimo al Wall Street Journal ahora mismo, asegurando que la base de datos de los inversores de Navarro Holdings está comprometida y vulnerable.
—Imagínate lo que pasará con tus acciones mañana a las nueve de la mañana cuando abra la bolsa —añadió Mateo, riendo por lo bajo—. La junta directiva te crucificará por incompetencia.
La estrategia era brillante y asquerosa. No necesitaban robar el dinero; solo necesitaban sembrar el pánico. En el mundo financiero, el rumor de una brecha de seguridad masiva era suficiente para hundir a un gigante en cuestión de horas.
—¿Qué quieren? —preguntó Caleb. Su tono era tan plano que resultaba aterrador.
—Cincuenta millones en una cuenta offshore no rastreable, y la devolución absoluta de la agencia de relaciones públicas a nombre de Mateo, libre de polvo y paja —dictaminó Vargas—. Tienen hasta las seis de la mañana para hacer la transferencia. O el pánico será su desayuno.
La línea se cortó.
El silencio que siguió fue denso, pesado como el plomo. Caleb cerró los ojos y se frotó el puente de la nariz. Cuando los abrió, el instinto asesino que contenía era casi palpable. Tomó su teléfono móvil, listo para llamar a su batallón de abogados.
—Llama a legal —dijo Caleb, tecleando un número—. Diles que preparen una demanda por extorsión...
—No —lo interrumpí, cruzando la oficina y presionando mi mano sobre la pantalla de su teléfono para cortar la llamada.
Caleb me miró, la sorpresa cruzando sus facciones endurecidas.
—Alexandra, me están chantajeando con destruir las acciones de la empresa. No hay tiempo para debatir.
—Si llamas a tus abogados, el proceso legal tomará meses, e igual filtrarán el rumor a la prensa mañana —dije, sintiendo que mi mente operaba a mil kilómetros por hora, la adrenalina corporativa reemplazando a la culpa—. Ellos están jugando a las relaciones públicas, Caleb. Ese es mi terreno.
—Tienen pruebas del ping en el servidor. Si publican eso...
—Entonces no podemos dejar que publiquen nada. Tenemos que destruir su credibilidad antes de que abran la boca —le quité la mano del teléfono y me acerqué a su ordenador principal—. Tenemos ocho horas antes de que abra el mercado. Necesito acceso a tu base de datos de medios. Ahora.
Caleb me estudió durante una fracción de segundo. No cuestionó mi autoridad en el tema. No me trató como a una empleada asustada. Asintió, rodeó el escritorio y desbloqueó el ordenador.
—Todo tuyo, fiera. ¿Cuál es el plan?
Me senté en su silla de cuero, mis dedos volando sobre el teclado.
—Se llama enmarcado preventivo —expliqué, sin apartar la vista de la pantalla—. Vamos a lanzar un comunicado de prensa oficial desde Navarro Holdings a las cuatro de la madrugada. Anunciaremos que nuestros sistemas de seguridad acaban de frustrar un patético y minúsculo intento de intrusión cibernética.
Caleb se apoyó en el borde del escritorio junto a mí, cruzando los brazos, entendiendo al instante hacia dónde iba.
—Si lo anunciamos nosotros primero, como una victoria de nuestra seguridad...
—Exacto. Les quitamos la narrativa —lo miré, esbozando una sonrisa fría—. Mencionaremos que el ataque provino de un exsocio desesperado y arruinado que está siendo investigado por fraude. Cuando Mateo intente filtrar su historia mañana, los medios no verán un escándalo de Navarro; verán a un criminal resentido intentando llamar la atención tras fracasar en su hackeo. Será una nota a pie de página, no un titular de pánico.
—Es brillante —murmuró Caleb, su voz ronca por la admiración genuina.
—Pero no es suficiente —añadí, abriendo una carpeta en mi nube personal—. Mateo no tiene poder, pero Vargas sí. Vargas es el que tiene los contactos para mover el rumor. Hay que cortarle la cabeza a él.
Abrí el archivo que había extraído de los servidores de Mateo semanas atrás, el mismo que había usado para asustar a Vargas en la sala de juntas. Documentos de cuentas en las Islas Caimán, evasión fiscal y prestanombres.
—Vargas intentó usarme para lavar su dinero hace meses. Tengo el rastro —tecleé rápidamente, adjuntando los archivos a un servidor encriptado—. Voy a filtrar esto de forma anónima al departamento de auditoría del Servicio de Impuestos Internos y a los tres periodistas de investigación financiera más agresivos de Nueva York.
Caleb se inclinó sobre mí, su pecho rozando mi hombro mientras miraba la pantalla.
—Si haces eso, la policía fiscal congelará sus cuentas al amanecer. Estará tan ocupado intentando no ir a una prisión federal que no tendrá tiempo de pensar en difamarnos.
—Jaque mate —susurré, presionando la tecla Enter. El correo cifrado salió hacia la red.
Durante las siguientes cinco horas, el despacho del penthouse se convirtió en una sala de guerra. Trabajamos en una sincronía letal y perfecta. Yo redacté los comunicados de prensa, afinando cada palabra para que sonara a la vez tranquilizadora y amenazante, y moví mis hilos con los editores de los principales diarios. Caleb contactó a sus jefes de ciberseguridad para blindar los cortafuegos y preparó a su equipo legal para la embestida.
Nadie daba órdenes. Nadie pedía permiso. Éramos dos mitades de una misma maquinaria destructiva.
A las cinco y media de la madrugada, las alertas de noticias comenzaron a saltar en nuestros teléfonos.
El Wall Street Journal y Bloomberg ya habían publicado nuestra versión oficial del intento de hackeo frustrado, alabando la robusta seguridad de Navarro Holdings. Minutos después, un breaking news iluminó mi pantalla: las oficinas de la firma de inversiones de Vargas acababan de ser allanadas por agentes federales bajo sospechas de lavado de dinero masivo.
Habíamos ganado. Los habíamos destrozado por completo antes de que saliera el sol.
Me recargé contra el respaldo de la pesada silla de cuero, exhalando un suspiro largo y tembloroso. Mis músculos dolían por la tensión, pero una euforia salvaje y adictiva me corría por las venas.
—Se acabó... —murmuré, frotándome los ojos.
El sonido de un vaso de cristal golpeando suavemente la mesa me hizo abrir los ojos. Caleb estaba frente a mí. Sostenía dos vasos con dos dedos de whisky escocés. Se había quitado la corbata horas atrás y llevaba las mangas de la camisa remangadas, mostrando los antebrazos tensos.
Me ofreció uno de los vasos. Lo tomé, nuestros dedos rozándose.
—Por el mejor equipo de control de daños de la maldita ciudad —brindó Caleb, su voz grave y cargada de una intimidad que de repente hizo que la inmensa oficina se sintiera claustrofóbica.
Choqué mi vaso contra el suyo y di un sorbo. El líquido quemó agradablemente en mi garganta, pero no tanto como la forma en que él me estaba mirando.
Ya no había urgencia corporativa. El pánico había desaparecido, dejando en su lugar el eco de la adrenalina y una quietud absoluta.
Caleb dejó su vaso sobre el escritorio. Sin apartar la mirada, rodeó la mesa lentamente, con la cadencia de un depredador que ya no tiene prisa porque sabe que la presa ha dejado de huir.
Se detuvo frente a mí. Su presencia era abrumadora. Apoyó una mano en el respaldo de mi silla y la otra en el reposabrazos, inclinándose hasta acorralarme por completo. El olor a malta, cedro y pura masculinidad me envolvió.
—Te equivocaste en algo, Alexandra —susurró él, su aliento caliente chocando contra mi rostro.
Tragué saliva, mi corazón martilleando contra mis costillas, incapaz de apartar la vista de sus ojos oscuros, que ahora ardían sin ninguna restricción.
—¿En qué?
—Hace unos días, en este mismo despacho, me dijiste que tú eras solo una inversión —Caleb levantó una mano, acariciando la línea de mi mandíbula con el pulgar. El toque fue suave, casi reverencial, pero cargado de un reclamo absoluto—. No eres una inversión. Eres mi igual. Eres mi puta reina. Y estoy harto de fingir que esta mesa y este contrato son lo único que nos mantiene unidos.
Mis defensas, sostenidas por hilos durante semanas, se desintegraron por completo. No quedaba orgullo, ni sarcasmo, ni negocios. Solo la necesidad visceral y aplastante de entregarme al hombre que había peleado a mi lado en las trincheras.
—Entonces deja de fingir, Caleb —lo desafié en un susurro, mi respiración volviéndose errática.







