¡Ayúdame!

A la mañana siguiente, la luz del sol que se colaba por los ventanales del penthouse me pareció ofensiva.

Desperté envuelta en las pesadas sábanas oscuras. Cada músculo de mi cuerpo dolía de una forma sorda y frustrante. Estaba exhausta, pero al mismo tiempo sentía una tensión residual corriendo por mis venas, un recordatorio físico de que Caleb me había llevado al borde de la locura solo para dejarme suspendida en el abismo.

Giré la cabeza. El lado izquierdo de la cama estaba vacío y perfectamente tendido, pero escuché el sonido del agua cayendo en la ducha.

Cerré los ojos, frotándome el rostro con ambas manos. Me había rendido ante él. Le había suplicado. Y él, con la frialdad de un maldito estratega que sabe exactamente cómo ganar una guerra a largo plazo, me había demostrado que el control en este matrimonio lo tenía él.

Diez minutos después, me obligué a levantarme. Me di una ducha rápida en el baño de invitados, me puse unos pantalones de sastre color arena, una blusa de seda azul marino y recogí mi cabello en un moño estricto. Necesitaba mi armadura de vuelta.

Cuando entré a la cocina, Caleb ya estaba allí.

Llevaba un traje gris carbón, impecable y letal, y revisaba su tableta mientras tomaba un café expreso. Al escuchar mis tacones, levantó la vista. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose un segundo extra en mis labios antes de volver a mis ojos.

Había una suficiencia oscura en su mirada. Él sabía exactamente cómo me había dejado la noche anterior.

—Buenos días —murmuró, su voz grave resonando en la inmensidad del penthouse—. Hay café recién hecho. Tienes ojeras, Alex. Pareces cansada.

Apreté la mandíbula, resistiendo el impulso de lanzarle la cafetera a la cabeza.

—Dormí perfectamente, Navarro. Aunque preferiría no repetir el simulacro de anoche. La próxima vez que tu primo intente irrumpir, asegúrate de tener mejores cerraduras.

Caleb dejó la tableta sobre el mármol, esbozando una sonrisa lenta y depredadora.

—No fue un simulacro. Y ambos sabemos que lo único que te frustra de anoche es que no te dejé cruzar la línea que tanta prisa tienes por defender.

El calor me subió a las mejillas. Ignoré su comentario, sirviéndome un café con movimientos rígidos.

—Me voy a la oficina. Tengo una empresa que levantar.

—Te enviaré a mi equipo de seguridad al mediodía para que revisen los accesos del edificio que alquilaste —dijo Caleb, volviendo a su tableta, asumiendo su rol de CEO—. Y no quiero que salgas tarde. La junta está tranquila por ahora, pero Richard seguirá buscando fisuras.

—Sé hacer mi trabajo, Caleb. Ocúpate del tuyo.

Di media vuelta y salí del penthouse antes de que la tensión en el ambiente me asfixiara por completo.

Cuarenta minutos después, mi chofer me dejó frente al edificio industrial de ladrillo visto en Brooklyn. Era rústico, con tuberías expuestas y ventanas inmensas. No tenía el lujo de mi antigua agencia, ni la seguridad blindada de la torre Navarro, pero era mío. Era el lienzo en blanco desde el que destruiría a Mateo.

Cuando entré al inmenso loft que servía como nuestra nueva oficina de planta abierta, el caos era evidente. Había cajas apiladas, pizarras en el suelo y solo tres escritorios instalados.

Leo, mi asistente, estaba sentado en uno de ellos, tecleando frenéticamente en su ordenador con un auricular pegado a la oreja. Al verme, colgó la llamada de inmediato.

—¡Señorita Rivera! —saludó, levantándose a toda prisa—. El equipo de telecomunicaciones dice que el servidor estará listo a las tres. Y ya cerré las citas con los dos clientes de la semana pasada para confirmar la transición de cuentas.

—Eres un salvavidas, Leo. Gracias —le dije, dejando mi bolso sobre mi nuevo escritorio de madera cruda—. ¿Llegó la documentación legal de la nueva firma?

Leo frunció el ceño, mirando hacia una pequeña mesa auxiliar cerca de la puerta.

—No ha llegado correspondencia legal. Pero hace cinco minutos, un mensajero en moto dejó un paquete a su nombre. Dijo que era urgente y pagó en efectivo. No quiso firmar el registro.

Sentí un pinchazo de alerta en la base del cuello.

Caminé hacia la mesa. Era una pequeña caja de cartón sin ningún tipo de remitente, logotipo o etiqueta. Solo mi nombre escrito con marcador negro: A. Rivera.

—¿Lo paso por el escáner de seguridad que envió el señor Navarro? —preguntó Leo, acercándose con cautela.

—No. Dame unas tijeras —ordené.

Con cuidado, corté la cinta de embalaje y abrí las solapas de cartón. No había explosivos, ni documentos, ni amenazas impresas.

En el fondo de la caja, sobre un nido de plástico de burbujas, descansaba un teléfono móvil desechable, de esos baratos que se compran en cualquier tienda de conveniencia.

Fruncí el ceño, sacando el aparato con dos dedos.

Exactamente tres segundos después de tenerlo en mi mano, la pantalla se iluminó y el teléfono empezó a vibrar con un zumbido ronco.

Una llamada entrante. Número oculto.

Intercambié una mirada tensa con Leo, quien ya había tomado su propio teléfono, listo para llamar a la seguridad de Caleb si yo se lo pedía. Levanté una mano para detenerlo.

Deslicé el botón verde y me llevé el aparato a la oreja.

—¿Diga?

El sonido al otro lado de la línea era caótico. Sirenas a lo lejos, el ruido sordo del tráfico y la respiración errática y entrecortada de alguien que estaba llorando.

¡Alex! ¡Alex, por favor, no cuelgues! —el sollozo histérico me perforó el tímpano.

La sangre se me congeló en las venas. Hubiera reconocido esa voz en cualquier parte del mundo.

—¿Isabella? —pregunté, la sorpresa y la furia compitiendo en mi garganta—. Tienes mucho descaro para buscarme después de revolcarte con mi prometido y ayudarlo a dejar a mi madre en la calle. Vete al infierno.

Hice el ademán de colgar, pero su grito desesperado me detuvo.

¡No, espera! ¡Me va a matar, Alex! —Isabella sollozaba, la voz quebrándosele por el pánico absoluto—. Mateo está fuera de control desde que Caleb lo amenazó. Perdió casi todo el dinero de los inversores. Descubrió algo anoche... encontró unos documentos encriptados de Richard Navarro.

El nombre del primo de Caleb me hizo detener la respiración. Mi instinto de relaciones públicas, el mismo que me decía que todo esto era una trampa, chocó contra la mención directa a la familia Navarro.

—¿De qué documentos hablas, Isabella? —exigí, bajando la voz.

Mateo ha estado negociando con Richard por debajo de la mesa para hundir a Caleb —jadeó ella, sonando como si estuviera corriendo mientras hablaba—. Tengo las pruebas, Alex. Robé un USB de la caja fuerte de Mateo esta mañana antes de escapar. Si te entrego esto, puedes destruir a Richard ante la junta directiva y salvar la empresa de Caleb. Pero tienes que ayudarme a salir de la ciudad. Si Mateo me encuentra antes que tú... estoy muerta.

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