Al borde del orgasmo

«Pero yo no he terminado...»

El peso de sus palabras cayó sobre mí con la misma contundencia que su cuerpo inmovilizándome contra el colchón deshecho.

La farsa para engañar a su primo había terminado, pero la respiración de Caleb seguía chocando contra mis labios, caliente y errática. Sus ojos oscuros, desprovistos de cualquier rastro de compostura corporativa, me escrutaron en la penumbra. Estaban fijos en mi boca, luego bajaron hacia mi pecho, que subía y bajaba rápidamente bajo el encaje negro, y finalmente volvieron a clavarse en los míos.

Intenté moverme, un reflejo inútil bajo la presión de sus manos anclando mis muñecas a ambos lados de mi cabeza.

—Caleb... —mi voz salió como un susurro ahogado, una mezcla patética de advertencia y súplica—. Richard ya no está.

—Lo sé —respondió él, su voz ronca vibrando contra mi piel cuando bajó el rostro para rozar la marca roja que acababa de dejar en mi cuello—. Pero el problema, esposa, es que llevas semanas mirándome con fuego en los ojos y escupiéndome hielo en la cara. Me dices que no te toque, pero cuando lo hago para salvar nuestro maldito trato, te aferras a mí como si te estuvieras ahogando.

Tragué saliva, incapaz de negar la evidencia. Mi cuerpo entero zumbaba, encendido por la fricción de su torso desnudo contra el mío.

—Estábamos actuando —mentí, aunque el temblor de mi voz me traicionaba.

Caleb soltó una carcajada baja, un sonido oscuro y gutural que me erizó hasta el último milímetro de piel.

—¿Actuando? Bien. Vamos a ver qué tan buena actriz eres cuando no haya nadie mirando.

Liberó mis muñecas, pero antes de que pudiera intentar incorporarme, sus manos grandes y ardientes descendieron por mis costados, trazando el contorno de mi cintura hasta aferrarse a mis caderas con una posesividad que me cortó la respiración.

No hubo suavidad en lo que siguió. Hubo un reclamo absoluto.

Caleb bajó sobre mí como un depredador que había esperado demasiado tiempo. Su boca capturó la mía en un beso brutal mientras una de sus manos se deslizaba entre mis piernas, apartando la fina tela de encaje con impaciencia. Dos dedos gruesos rozaron mi coño empapado y soltó un gruñido de satisfacción contra mis labios.

—Tan mojada… y todo para mí —murmuró.

Sin aviso, hundió dos dedos en mi interior, profundo y de una sola vez. Jadeé contra su boca, arqueándome violentamente. Empezó a follarme con ellos sin piedad, curvándolos justo donde más lo necesitaba mientras su pulgar presionaba mi clítoris hinchado en círculos firmes y rápidos.

—Dios… Caleb… —gemí, clavando las uñas en sus hombros.

Pero no se conformó con eso. Bajó por mi cuerpo con besos agresivos, mordiendo mis pezones por encima del encaje hasta dejarlos dolorosamente sensibles. Siguió bajando hasta que su rostro quedó entre mis muslos abiertos. Apartó mis bragas a un lado y su lengua caliente y plana lamió mi coño entero, desde abajo hasta el clítoris, saboreándome como si estuviera famélico.

—Joder… —gruñí, enredando mis dedos en su cabello.

Caleb devoró mi sexo con hambre. Lamía, chupaba y follaba mi entrada con la lengua mientras sus dedos volvían a penetrarme, más rápido ahora. El placer subió como una marea imparable. Mis muslos empezaron a temblar alrededor de su cabeza, mis caderas se movían solas contra su boca, persiguiendo el orgasmo que sentía tan cerca.

—Por favor… Caleb, por favor… —supliqué, la voz rota.

Estaba justo ahí. El borde. El cuerpo tenso, el vientre contraído, el placer a punto de explotar…

Y entonces se detuvo.

Sacó los dedos de golpe y apartó su boca, dejando solo un soplo de aire caliente sobre mi clítoris palpitante. Gemí de pura frustración, intentando cerrar las piernas para buscar fricción, pero él las mantuvo abiertas con fuerza.

—No —dijo con voz oscura y controlada, mirándome desde abajo con los labios brillantes por mis jugos—. Todavía no, esposa.

—Caleb… —supliqué casi sollozando, el cuerpo entero temblando de necesidad—. Por favor, no me hagas esto…

Él subió lentamente sobre mí, apoyando su peso para que sintiera su polla dura como acero presionando contra mi entrada, pero sin penetrarme. Rozó su glande contra mi clítoris hinchado, torturándome con la promesa de lo que no me daba.

—Llevas semanas jugando conmigo —susurró contra mi oído, mordiendo el lóbulo—. Ahora yo juego contigo. Te voy a mantener justo aquí… ardiendo, mojada y desesperada por mí.

Rozó su polla contra mí una vez más, lento y cruel, antes de apartarse por completo y mirarme con una sonrisa oscura y satisfecha.

—Cuando te folle de verdad, Alexandra, no va a ser un polvo a medias. Va a ser cuando te rindas por completo. Cuando dejes de fingir que no me perteneces.

Quedé tendida en la cama, jadeando, con el cuerpo palpitando de un orgasmo negado y la piel ardiendo de rabia y deseo.

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