Apenas pasaban de las diez de la noche cuando las puertas del ascensor privado se abrieron en el penthouse.
El silencio del apartamento nos envolvió como una manta tras el caos de un día que había amenazado con destruirnos a ambos. Habíamos celebrado la victoria en la junta con una cena silenciosa, pero el aire entre nosotros seguía cargado de esa electricidad espesa que había comenzado sobre su escritorio de obsidiana.
Caleb se quitó el saco del traje y lo dejó caer sobre un sillón, aflojándos