Auditorias Nocturnas

Apenas pasaban de las diez de la noche cuando las puertas del ascensor privado se abrieron en el penthouse.

El silencio del apartamento nos envolvió como una manta tras el caos de un día que había amenazado con destruirnos a ambos. Habíamos celebrado la victoria en la junta con una cena silenciosa, pero el aire entre nosotros seguía cargado de esa electricidad espesa que había comenzado sobre su escritorio de obsidiana.

Caleb se quitó el saco del traje y lo dejó caer sobre un sillón, aflojándose la corbata mientras caminaba hacia la barra de la cocina. Sirvió dos vasos de whisky y caminó hacia mí.

Tomé el vaso, pero mis dedos rozaron los suyos. El contacto hizo que ambos nos quedáramos inmóviles. Sus ojos oscuros descendieron hacia mis labios, y la promesa de terminar lo que la cordura nos había obligado a pausar en la oficina flotó en el aire.

Estábamos a punto de cruzar la línea por completo. Su mano libre se deslizó hacia mi cintura, atrayéndome con una lentitud tortuosa.

Bzzzt. Bzzzt.

El intercomunicador de seguridad de la pared zumbó con una estridencia que nos hizo saltar a ambos.

Caleb cerró los ojos, soltando un gruñido tan profundo y frustrado que casi sentí lástima por el guardia que estuviera al otro lado de la línea. Se separó de mí a regañadientes y caminó hacia el panel, presionando el botón.

—Espero que el edificio esté en llamas —ladró Caleb.

Lamento la hora, señor Navarro —la voz del jefe de seguridad del vestíbulo sonaba tensa y formal—. Pero su primo, el señor Richard Navarro, acaba de irrumpir en el vestíbulo principal. Viene acompañado.

Caleb tensó la mandíbula. —¿Acompañado por quién? ¿Por la prensa?

—No, señor. Viene con un investigador privado de la firma auditora de la junta directiva. Exigen subir al penthouse de inmediato.

El oxígeno de mis pulmones desapareció. Intercambié una mirada de puro pánico con Caleb.

El señor Richard alega que es una visita de cortesía para celebrar su victoria de esta mañana —continuó el jefe de seguridad—, pero traen un documento firmado por la matriarca que les otorga el derecho de inspeccionar el domicilio conyugal para validar las cláusulas de cohabitación estricta.

Habíamos ganado algo en la mañana, pero Richard no se iba a quedar de brazos cruzados. Había venido a buscar pruebas de que todo era una farsa. Si subía ahora y encontraba la cama perfectamente dividida, la ropa en cajones separados y el ambiente tenso, todo el teatrito corporativo se derrumbaría.

—Cinco minutos —repitió Caleb, su voz perdiendo cualquier rastro de la frustración anterior para convertirse en puro hielo calculador.

Soltó el botón del intercomunicador y se giró hacia mí. El aire en el penthouse, que segundos antes estaba denso por el deseo reprimido, se transformó en pura adrenalina.

—Están subiendo por el ascensor principal. Tenemos exactamente trescientos segundos para convencer al investigador privado de la junta de que acaba de interrumpir mi noche de bodas adelantada —dijo Caleb, acortando la distancia entre nosotros y agarrándome por la muñeca—. A la habitación. Ahora.

No protesté. Me dejé arrastrar por el pasillo de madera pulida a una velocidad que casi me hace tropezar.

—Si ese investigador entra y ve el apartamento inmaculado, los dos vasos de whisky perfectamente servidos y a ti peinada como si fueras a dar una rueda de prensa, sabrá que esto es un acuerdo corporativo —explicó Caleb mientras cruzábamos las puertas dobles de la suite principal.

Soltó mi muñeca y se movió como un huracán. Agarró uno de los cojines decorativos del sofá de la habitación y lo tiró al suelo. Luego, se acercó a la inmensa cama King Size, agarró las pesadas sábanas de seda oscura y tiró de ellas, desordenando el colchón por completo.

—Desvístete —ordenó, girándose hacia mí.

Me quedé congelada en el umbral. —¿Qué?

—No me mires como si te estuviera pidiendo que saltes por la ventana, Alexandra. Tienes que parecer una mujer que estaba a punto de follar, no una directora ejecutiva —Caleb acortó la distancia, sus manos volando hacia la chaqueta de mi traje. Me la quitó de los hombros con un tirón seco y la arrojó al pie de la cama.

La urgencia en sus movimientos era profesional, pero la cercanía de su cuerpo y el calor que irradiaba me nublaron el cerebro. Llevaba una blusa de seda blanca debajo.

—Quítatela —insistió él, su voz bajando de tono, sus ojos oscureciéndose al notar mi vacilación.

—Caleb...

—Faltan tres minutos, Alex. ¿Quieres perder la agencia?

Apreté la mandíbula, desabrochando los botones de la blusa con dedos torpes. Cuando la tela blanca cayó al suelo, quedé vestida solo con los pantalones de sastre y un sujetador de encaje negro. Instintivamente crucé los brazos sobre mi pecho.

Caleb se quedó inmóvil por una fracción de segundo. Sus ojos viajaron desde mi cuello hasta la curva de mi cintura expuesta. La mirada de "control de daños" desapareció de inmediato, reemplazada por un hambre tan cruda y real que me hizo tragar saliva.

—Maldita sea... —gruñó por lo bajo.

Se sacó la camisa por la cabeza en un solo movimiento, arrojándola sobre mi blusa para mezclar la ropa en el suelo. Se deshizo del cinturón con un chasquido metálico, dejándolo suelto sobre sus pantalones oscuros, y desordenó su cabello perfecto con ambas manos.

El timbre del penthouse resonó por todo el apartamento.

Habían llegado.

El corazón me dio un vuelco.

—Ven aquí —ordenó Caleb. Me agarró por las caderas y me empujó contra la puerta de madera maciza de la habitación.

El golpe fue seco, pero no dolió. Su cuerpo duro y caliente presionó el mío, inmovilizándome contra la madera. Su rostro estaba a milímetros del mío.

—Si vamos a vender este espectáculo, tu respiración tiene que estar agitada y tu piel tiene que estar caliente —susurró él, sus manos deslizándose por mis costillas desnudas—. Y tu labial tiene que estar corrido.

Antes de que pudiera prepararme, su boca reclamó la mía.

No fue un beso técnico. No fue para las cámaras. Fue una colisión violenta, desesperada y húmeda. Su lengua invadió mi boca, exigiendo una respuesta que mi cuerpo le dio de inmediato. Mis manos, que segundos antes me cubrían el pecho, se enredaron en su cabello.

Caleb bajó sus besos por mi mandíbula, deteniéndose en mi cuello. Succionó la piel sensible justo por encima de mi clavícula, arrancándome un gemido agudo y completamente genuino que rebotó en las paredes de la habitación.

—Eso es... —ronroneó contra mi piel, dejando una marca roja innegable—. Así de perfecta.

El timbre sonó de nuevo, esta vez acompañado de golpes impacientes en la puerta principal del apartamento.

Caleb se separó de mí. Ambos estábamos respirando erráticamente. Mi pecho subía y bajaba con fuerza, mis mejillas ardían y mis labios palpitaban. Él tenía manchas de mi labial en la comisura de la boca y en el cuello. Parecíamos exactamente lo que se suponía que debíamos parecer.

—Espérame en la cama —murmuró Caleb, sus ojos brillando con una promesa oscura.

Caminé hacia el colchón deshecho, sintiendo que las piernas me temblaban. Me senté en el borde, abrazándome las rodillas.

Caleb salió al pasillo, dejando la puerta de la suite entreabierta a propósito.

Escuché el sonido del pestillo de la puerta principal, seguido de la voz cargada de falsa cortesía de Richard.

—¡Buenas noches, primo! Espero no haber interrumpido...

—Tienes exactamente diez segundos para explicarme qué diablos haces en mi puerta con un extraño a esta hora de la noche, Richard, o te juro que los haré tirar por el hueco del ascensor —el rugido de Caleb fue aterrador. Era la furia genuina de un hombre al que acaban de interrumpir en el momento más íntimo de su vida.

—Tranquilízate, Caleb. Este es el señor Evans, auditor de la junta directiva —respondió Richard, aunque su voz titubeó un poco—. Es solo una visita de cortesía rutinaria. La matriarca quería asegurarse de que la transición a la convivencia matrimonial fuera... armoniosa.

Hubo un silencio pesado. Pude imaginar a Caleb fulminándolos con la mirada, medio desnudo y con el rostro manchado de mi labial.

—Entren —escupió Caleb, su tono destilando puro veneno—. Y háganlo rápido. Mi mujer me está esperando.

Los pasos resonaron en el pasillo. A través de la rendija de la puerta, vi pasar a un hombre de mediana edad con un maletín (el auditor), seguido de un Richard que intentaba escrutar cada rincón del apartamento buscando fallas.

Caleb los guio directamente hacia la suite principal y empujó la puerta de par en par.

El auditor se detuvo en seco, sus mejillas poniéndose escarlata al verme. Yo estaba sentada en medio del caos de sábanas oscuras, solo en lencería, con el cabello revuelto, la piel sonrojada y una marca evidente en el cuello.

Llevé una mano a mi pecho, fingiendo indignación y pudor, pero asegurándome de clavarle a Richard una mirada de puro odio.

—Caleb... ¿qué significa esto? —exigí, forzando un ligero temblor en mi voz.

—Significa que mi querido primo no conoce los límites del respeto, cariño —respondió Caleb, cruzando la habitación para sentarse a mi lado en la cama. Pasó un brazo protector a mi alrededor, pegando mi cuerpo semidesnudo a su costado, acariciando mi brazo con una naturalidad posesiva que me erizó el vello.

El señor Evans tosió, incómodo, apartando la vista hacia la ropa mezclada en el suelo y el evidente desorden. —Yo... creo que hemos visto suficiente, señor Navarro. Le pido mis más sinceras disculpas. Informaré a la junta que su domicilio conyugal cumple con todos los... requisitos de convivencia.

Richard apretó la mandíbula. Sus ojos iban de mi rostro sonrojado al torso desnudo de Caleb. Sabía que había perdido. No había forma de falsificar la tensión sexual y el caos que llenaba la habitación.

—Lamento la interrupción —masculló Richard, su rostro contraído por la furia contenida—. Nos retiramos. Que pasen buena noche.

Caleb no respondió. Se limitó a mirarlos como si fueran basura hasta que ambos hombres salieron de la habitación. Escuchamos sus pasos apresurados por el pasillo y el sonido reconfortante de la puerta principal cerrándose.

La obra había terminado. El apartamento volvió a quedar en un silencio absoluto.

Solté el aire que tenía retenido en los pulmones, sintiendo que la adrenalina empezaba a abandonar mi sistema. —Se fueron —susurré, intentando apartarme del abrazo de Caleb para buscar mi blusa en el suelo.

Pero el brazo de Caleb no cedió ni un milímetro. Al contrario, su agarre en mi cintura se volvió de hierro.

Me giré para mirarlo.

Caleb tenía los ojos clavados en mí. No quedaba ni un rastro del CEO calculador, ni del actor que acababa de engañar a su familia. Su respiración seguía siendo pesada, su pecho subía y bajaba rítmicamente contra mi hombro, y el hambre oscura en su mirada me paralizó el corazón.

Con un movimiento fluido y letal, Caleb me empujó hacia atrás, inmovilizándome contra el colchón desordenado. Apoyó ambas manos a los lados de mi cabeza, atrapándome bajo la prisión perfecta de su cuerpo.

—Caleb... —jadeé, sintiendo la fricción innegable de su excitación contra mis caderas.

Él bajó el rostro, rozando mi nariz con la suya, su aliento caliente chocando contra mis labios entreabiertos.

—Ya se han ido, Alexandra, todo este teatro terminó —susurró él, su voz ronca vibrando con un deseo crudo e implacable—. Pero yo no he terminado contigo...

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP