135. URGENCIAS QUE ATENDER

 LUIGI:

 Me detuve, congelado, al ver el miedo reflejado en el rostro de Lucero, mi hija. Las palabras se me habían escapado en un alarido, liberando un tormento oculto en mi pecho durante veintitrés largos años, años durante los cuales no logré comprender, ni acepto aún, la crueldad que Iselda ejerció sobre mí. Pero mi hija, inocente de los pecados de su madre, no tenía la culpa. Corrí hacia ella y la estreché contra mí, sintiendo cómo ella me devolvía el abrazo con fuerza, sus palabras se entremezclaban con sollozos.

 —No lo sabía, papá, no tenía idea de que había sido ella quien te hizo eso. Yo… por favor, papá, deja atrás ese pasado y no permitas que el odio te impida salvar a mi madre. No lo hagas por ella, sino por mí, ¿sí? —me rogó, alejándose apenas para enc
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