El papel yacía sobre mi escritorio, las esquinas ligeramente dobladas por las innumerables veces que lo había sostenido entre mis dedos durante las últimas semanas. La tinta azul de nuestras firmas contrastaba con el blanco inmaculado, un recordatorio constante de cómo había comenzado todo. Aquel contrato que había unido mi vida a la de Nathaniel Blackwell de manera tan inesperada.
Pasé mis dedos por encima de su firma, trazando cada curva y línea como si pudiera sentirlo a través del papel. Er