No hay grilletes en mis muñecas. No hay barrotes en mi ventana. Soy libre de caminar por donde quiera, de tomar decisiones, de marcharme si así lo deseo. Y sin embargo, aquí estoy, tan prisionera como si estuviera encerrada en la más oscura de las mazmorras.
La luz del amanecer se filtra por las cortinas de la habitación de Nathaniel, dibujando patrones dorados sobre las sábanas revueltas. Él duerme a mi lado, su respiración profunda y acompasada, su rostro relajado en una expresión que pocos t