El despacho de Alexander se había convertido en una jaula dorada. Las paredes de cristal reflejaban la luz del atardecer, proyectando sombras alargadas que parecían querer alcanzarme. Permanecí inmóvil frente a su escritorio, con los documentos que me había pedido revisar aún en mis manos temblorosas.
—¿Has terminado, Sophie? —su voz grave rompió el silencio.
Levanté la mirada para encontrarme con sus ojos, esos que parecían leer cada uno de mis pensamientos. Alexander se había quitado la ameri