Capítulo 316. Una visita.

Luciana Velasco

La puerta se cerró detrás de mí.

No con violencia.

No con ruido exagerado.

Se cerró como se cierran las cosas que ya no dependen de ti.

El sonido metálico no me sacudió el cuerpo, pero sí algo más profundo: la certeza de que ese umbral no tenía marcha atrás. No era Santa Águeda. No era el infierno que había visto. Era otro. Más pulcro. Más silencioso. Aunque desconocido.

Avancé empujada por la inercia de la silla de ruedas. No me resistí. Ya no tenía sentido resistirse a nada que no fuera interno.

El pasillo era largo, blanco, excesivamente iluminado. No había grafitis. No había gritos. No había ese murmullo constante de rabia que vibra en las paredes de una cárcel acostumbrada al caos.

Aquí no.

Aquí todo estaba contenido.

—Siga —ordenó uno de los custodios.

Lo hice.

Cada metro que avanzábamos sentía cómo el vendaje tironeaba un poco más. No ardía como los primeros días.

Ahora era una molestia constante, insistente, como una mano que no se aparta del todo.

Me llevaron
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