Capítulo 315. El lugar donde no esperaba ir.
Luciana Velasco
Los días en el hospital no pasan. Se amontonan.
Uno encima del otro, idénticos, grises, con el mismo olor a desinfectante y la misma rutina de dolor controlado. Cambios de vendajes. Analgésicos. Silencios largos. Miradas que se apartan demasiado rápido, como si observarme de frente fuera una forma de culpa compartida.
Aprendí a medir el tiempo por el ardor.
Cuando ardía más, sabía que algo estaba sanando mal. Cuando ardía menos, entendía que el cuerpo se estaba resignando.
Nunca por los relojes. Nunca por las ventanas. Aquí la luz no sirve para medir nada. Solo confirma que sigues viva.
Nadie me habló del traslado al principio.
Lo supe porque dejaron de hablarme del progreso y empezaron a usar frases vagas, cuidadosas, vacías: “ya estás mejor”, “casi estás lista”, “en cuanto autoricen”. Palabras sin rostro. Sin compromiso. Sin humanidad.
Yo sabía lo que venía.
Volver.
Volver a esa cárcel. A ese pabellón. A esas miradas que ya me habían medido, evaluado, marcado.
A ese