VICTORIA VALOIS
El Santuario siempre había sido un mausoleo de cristal, un lugar donde el silencio era tan absoluto que podías escuchar tu propia respiración. Pero hoy, ese silencio se había roto de forma violenta. El aire vibraba con el sonido de la desesperación humana: el golpe seco de unas botas corriendo por el pasillo del ala este y el chirrido metálico de algo pesado, como una camilla, siendo arrastrada con una prisa suicida.
Voces que antes eran susurros ahora eran órdenes gritadas a t