VICTORIA VALOIS
Mis pulmones ardían con un fuego seco que nada tenía que ver con el esfuerzo físico y todo con la furia que me quemaba por dentro. Me oculté tras el grueso marco de la puerta de servicio, sintiendo el sudor frío resbalar por mi nuca y perderse en el escote de mi bata. A pocos metros, en el muelle de carga, la ambulancia blindada rugía con un motor diésel pesado, vomitando un humo rancio que se mezclaba con el olor a antiséptico.
Estaba lista para saltar. Tenía la mano en el pom