VICTORIA VALOIS
El amanecer en el páramo no trajo la luz de la esperanza que yo había planeado durante mis noches de insomnio, sino el sonido metálico de puertas cerrándose y el eco de pasos apresurados. Mi plan de escape, el que había trazado con cuidado mientras Elizabeth dormía, se desmoronó antes de que el primer rayo de sol tocara el suelo.
Al levantarme, con el peso de mi vientre haciéndome sentir cada vez más lenta y vulnerable, encontré a Elizabeth en la sala. No vestía su suéter de lan