VICTORIA VALOIS
La noche en el páramo no es simplemente oscuridad; es un peso físico que parece querer aplastar las paredes de esta casa de piedra. Estoy sentada en el borde de la cama, con la espalda apoyada contra el frío muro, escuchando el rugido lejano del viento que azota las rocas. Mis manos, ahora marcadas por la aspereza de los meses de trabajo y la falta de cremas caras, descansan sobre la curva pronunciada de mi vientre.
De pronto, siento un movimiento. Un roce interno, suave pero de