MAXIMILIAN FERRERO
El eco de los pasos descalzos de Victoria alejándose por el pasillo se desvaneció, tragado por la inmensidad opresiva de la mansión, pero la vibración de su pánico se quedó suspendida en el aire como una estática eléctrica que erizaba el vello de mis brazos. Me quedé de pie en el centro exacto de la habitación, una figura solitaria en la penumbra, con el pecho agitado y la piel ardiendo. No era la fiebre del deseo interrumpido lo que me quemaba, ni la frustración sexual de un