Ethan empujó la puerta de su habitación con el hombro, sosteniendo a Willy dormido contra su pecho. El niño murmuraba algo inentendible en sueños, ajeno al caos que rugía dentro de su padre. Ethan lo depositó con cuidado en la cama ,arropándolo con la manta ligera que olía a hotel impersonal. Se dejó caer en el suelo alfombrado, la espalda contra la pared, y enterró la cara en las manos. ¿Qué era esto que le quemaba el pecho? Amor, sí, ese amor que había enterrado con cenizas falsas. Confusión, porque ella lo miró como a un extraño, como si sus noches compartidas nunca hubieran existido. Y terror, un terror puro que le atenazaba el estómago, porque si Margaret estaba viva, ¿qué significaba eso para todo lo que había creído? ¿Para el duelo que lo había reconstruido?
Se levantó de golpe, el corazón latiéndole como un tambor descontrolado. No podía quedarse quieto. Sacó el teléfono del bolsillo y marcó el número de Alan sin pensarlo dos veces. El tono sonó una, dos veces, y luego la voz f