Ethan regresó directamente al penthouse que una vez había sido su refugio y luego su prisión. El edificio seguía igual: el mismo ascensor que subía en silencio perfecto. Adentro, lo esperaban Alan, Marcus y Marcia, quien cargaba al pequeño Willy.
La puerta se abrió antes de que Ethan tocara.
—Mi muchacho… —dijo Alan, con la voz contenida—. Bienvenido a casa.
Ethan asintió, sin poder hablar todavía. Apenas cruzó el umbral, sus ojos se dirigieron al centro de la sala. Marcus estaba de pie junto al sofá, serio, respetuoso. A su lado, Marcia sostenía en brazos a Willy.
El pequeño tenía el cabello oscuro y suave, los ojos grandes, atentos, y una expresión tranquila. observó a Ethan con curiosidad, como si lo reconociera sin entender por qué.
Ethan, caminó despacio, como si temiera que un movimiento brusco rompiera ese instante.
—Dámelo —susurró, con la voz quebrada.
Marcia se acercó sin decir una palabra. Cuando puso al niño en sus brazos, Ethan lo sostuvo con una mezcla de torpeza y devoc