Ethan regresó directamente al penthouse que una vez había sido su refugio y luego su prisión. El edificio seguía igual: el mismo ascensor que subía en silencio perfecto. Adentro, lo esperaban Alan, Marcus y Marcia, quien cargaba al pequeño Willy.
La puerta se abrió antes de que Ethan tocara.
—Mi muchacho… —dijo Alan, con la voz contenida—. Bienvenido a casa.
Ethan asintió, sin poder hablar todavía. Apenas cruzó el umbral, sus ojos se dirigieron al centro de la sala. Marcus estaba de pie junto a