La tarde avanzaba con una calma engañosa. En su despacho lleno de carpetas apiladas y papeles subrayados, Joel permanecía de pie frente a su escritorio, sosteniendo un expediente que ya había leído demasiadas veces. El nombre de Catalina aparecía una y otra vez.
—Esto no fue un secuestro al azar —murmuró para sí.
Joel salió de su despacho, y salió directo a su auto. No podía seguir esperando a que la policía uniera puntos que él veía cada vez más claros. Si Catalina había desaparecido, alguien q