Margaret se sentó a su lado, sintiendo un peso en el pecho, pero al mismo tiempo, una extraña calma al haber enfrentado la verdad. La habitación estaba en silencio; solo el suave tic-tac del reloj en la pared llenaba el espacio.
—Gracias por ser tan honesto —murmuró ella, sin mirarlo directamente—. Sé que no ha sido fácil para ninguno de los dos.
Él asintió, inclinándose hacia adelante y apoyando los codos en las rodillas. Su mirada se fijó en el suelo, como si buscara respuestas en las grietas