Alonso empujó las puertas dobles del quirófano tres con el hombro, aún con el gorro y la mascarilla puestos. El paciente ya estaba estable en recuperación, una resección hepática compleja que había durado casi siete horas. Él había dirigido cada corte, cada sutura, con la precisión de siempre. Sus residentes lo miraban como si fuera un dios con bisturí, pero hoy el elogio le resbalaba.
En el lavamanos. Intentó concentrarse en los pasos siguientes: revisar gases, pasar visita, dictar el informe o