La sala principal estaba transformada. Un camino de velas blancas iba desde la entrada hasta el centro de la habitación. La luz era baja, dorada. En el piso, sobre una alfombra negra, había un par de esposas plateadas, abiertas, listas. Y en la pared, colgado con cuidado, un látigo de cuero trenzado. Largo. Amenazante.
Carol se quedó quieta. El abrigo le pesaba de repente. Se lo quitó despacio y lo dejó sobre una silla. El conjunto quedó expuesto. El aire le rozó la piel desnuda. Se sintió peque