Dos años habían transcurrido desde que Margaret y Ethan intercambiaron sus votos bajo el sol de junio. El tiempo, ese escultor invisible, había moldeado sus vidas con una suavidad que a veces le resultaba irreal. El penthouse, que antes era un santuario de silencio y diseño minimalista, ahora rebosaba de una energía vibrante y caótica. Había juguetes de madera esparcidos por la alfombra de seda y el eco de pequeñas risas llenaba los pasillos que antaño solo conocieron pasos solitarios.
La vida d