Con la llegada del amanecer, Duncan tomó una decisión que podría costarle el cariño de sus padres.
—¿Cariño? ¿Qué sucede? —preguntó su madre, notando la angustia en su rostro—. Sabes que puedes decirnos lo que sea. Estás aquí, y no te volveremos a fallar.
Duncan tomó aire, apretó los puños, cerró los ojos y reunió el valor necesario para confesarse.
—Mamá, papá, deben saber qué hace unos meses, busqué a Margaret porque le debía una gran cantidad de dinero. Si no pagaba, tanto ustedes como yo terminaríamos muertos. Así que ella…
—¡¿Ella qué?! ¡Continúa! —exigió Thomas.
—Ella… fue el medio de pago… De verdad lo lamento, en ese entonces yo…
—¡Maldito y mil veces maldito!
El puñetazo que Thomas le propinó fue tan fuerte que Duncan terminó en el suelo, aturdido y con el sabor metálico de la sangre en la boca.
—¿Cómo fuiste capaz de hacerlo? —rugió Thomas, con los ojos llenos de furia y decepción.
Duncan se levantó lentamente, sintiendo el dolor físico y emocional que le había infligido su