La mañana transcurría con tranquilidad en la oficina cuando Eloise advirtió la imponente figura que cruzaba el vestíbulo. José Monteiro, elegante como siempre, con la mirada severa y la postura de quien llevaba décadas de poder sobre los hombros.
Eloise se puso de pie de inmediato.
—Buenos días, señor Monteiro. —lo saludó con cortesía.— ¿Desea ver al señor Augusto?
José apenas inclinó la cabeza, indiferente, sin devolverle la sonrisa.
—Sí. Avísele que estoy aquí.
Ella tragó saliva, pero mantuvo