El pasillo del hospital olía a antiséptico, como siempre.
Nathalia llevaba el bolso colgado de un hombro y una fiambrera en la otra mano.
Ya se había convertido en una rutina visitar el hospital para llevarle el caldo caliente al tío Carlos, el cariñoso apodo con el que llamaba al padre de Eloise.
Siempre con la misma misión:
hacer sonreír a su amiga, aunque solo fuera por unos instantes.
Pero aquella tarde…
algo era diferente.
Nathalia salió directamente de la empresa rumbo al hospital.
—Buena