La oficina permanecía en silencio. Augusto seguía de pie, de espaldas a la puerta, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en la ciudad que se extendía más allá del muro de cristal. Desde allí arriba, todo parecía pequeño, lejano. Pero dentro de él, el caos era mucho mayor de lo que jamás admitiría en voz alta.
La puerta se abrió sin previo aviso y Thiago entró como si aquel espacio también le perteneciera. La cerró con calma y se apoyó contra el escritorio, observando a su amigo en sil