La cabeza le latía como si un martillo golpeara su cráneo.
Augusto Monteiro abrió los ojos lentamente, solo para quedar cegado por la claridad que se filtraba entre las rendijas de las cortinas.
El cuerpo le pesaba.
El saco estaba tirado en el suelo.
Una botella de whisky vacía descansaba sobre la mesa de centro.
Y él…
tendido en el sofá como un hombre derrotado.
Se llevó una mano a la sien y la apretó con fuerza.
El dolor no provenía únicamente de la resaca.
Venía también de un recuerdo que le