El reloj de la sala marcaba poco después de las nueve cuando el estridente sonido del portero automático rompió el silencio del apartamento.
Las tres se sobresaltaron.
Eloise y Nathalia, todavía acurrucadas en el sofá cama improvisado, parpadearon confundidas.
Emma, con el cabello despeinado y la voz ronca por el sueño, se levantó refunfuñando.
—¿Sí? —respondió, intentando aclararse la voz.
La voz del portero sonó por el altavoz:
—Señorita Emma, hay un joven aquí abajo… Lucas Castro.
Emma parpa