El coche se deslizó hasta el garaje privado del edificio, y Augusto estacionó con una precisión quirúrgica. Durante todo el trayecto, el silencio se mantuvo, pero no estaba vacío. Era denso, cargado de todo lo que vibraba entre ellos.
Eloise, apoyada en el asiento, se mordía el labio, dejando escapar una sonrisa atrevida. El alcohol la envolvía, disolviendo las barreras que normalmente le impedían enfrentarse a aquella mirada.
Cuando salieron del coche, él no le dio tiempo para pensar. La mano