El reloj marcaba el mediodía cuando el jet privado aterrizó en la ciudad de Río. El sol brillaba intensamente sobre el asfalto de la pista exclusiva del aeropuerto, y el calor característico de la ciudad ya se hacía presente.
A la salida, un chofer con traje claro y gafas oscuras esperaba con la puerta trasera del coche ya abierta. En cuanto vio a Augusto Monteiro, hizo una leve inclinación de cabeza. Eloise, justo detrás, sostenía con firmeza la carpeta de documentos y la tablet, manteniendo l