Alice siente una punzada en el pecho, su corazón late con tanta fuerza como si se le quisiera salir.
—¡Qué lindo lo que ha dicho el señor Anderson de usted! ¡Ay, se nota que la ama, señora! ¡Yo quiero que me amen y me defiendan así! —Carla la voltea a mirar con una gran sonrisa.
—Ay, señora… no llore.
—Por favor, déjame sola, te lo pido —dijo acercándose a la ventana para recibir un poco de aire.
—¿Le traigo un té? ¿Qué puedo hacer por usted para que no esté así de triste, señora Anderson?
El mó